Por el profesor y escritor tomecino Rolando Saavedra.

Mi mamá fue auténtica profesora de Buenos Modales: “Hijo: salude, pida por favor, de las gracias, ceda el asiento, no hables con la boca llena, no botes la comida, no pongas los codos en la mesa, etc.”

Cuando no me acomedía en ayudar en el aseo del piso, de la loza, del patio o en tender la cama y botar el contenido de la pelela, me regañaba diciendo: “Claro, como tienes sirvienta”.

Mamá no sabía otros idiomas, sin embargo se comunicaba con la gata, el perro y los pájaros. Siempre me advertía que un pajarito le informaba de las travesuras o maldades que yo hacía mientras ella no me estaba mirando. Por eso tengo fobia a los gorriones copuchentos.

En cuanto se largaba a llover gritaba “¡Ayuden a guardar la ropa! y ¡Límpiense los pies en el choapino!”

Más de una vez me hizo promesas de extracciones dentales por contestar con morisquetas o malos modos: “Si me vuelves a contestar así, te voy a sacar los dientes”.

Me dio la primera lección de ahorro: “Guarda esas lágrimas inútiles para cuando me muera”.

Era certera pitonisa: “No corras, que te vas a caer”. Muy seguro de mi condición atlética corría más; invariablemente terminaba en el suelo.

Mitigaba mis dolores con caricias y recitando la mantra inolvidable: “Sana, sana potito de rana…”. Muchas veces me alivió del estreñimiento golpeándome suavemente las
rodillas repitiendo: “Puja, puja caña bruja”. La fiebre se me pasaba con solo sentir su mano en mi frente.

Mamá en vez de peinarme, hacía una ensalada con mi pelo. Para aplacar mis indóciles remolinos me echaba limón.

Cuando me atrevía a preguntar ¿Qué hay de comer? Ella me respondía siempre lo mismo: COMIDA. ¿Acaso se le olvidaba lo que ella misma cocinaba?

Mamá me enseñó que mi mal comportamiento tenía una solución financiera: “Cuando lleguemos a casa arreglaremos cuentas”.

Varias veces me prometió: “Yo te voy a enseñar cuántos pares son tres moscas”.

Nunca me entregó la respuesta, fue lo único que me quedó debiendo.

Con ironía me decía cuando lloraba por pequeñeces: “Sigue llorando nomás, yo te voy a dar una buena razón para llorar”

Si le pedía monedas para comprar caramelos me contestaba: “¿Y tú crees que soy dueña del Banco?”

Cuando me veía ocioso invariablemente me preguntaba “¿Acaso no tienes tareas o algo que estudiar? (Ahora eso está incluido en el listado de maltrato psicológico).

Sentenciosa me decía “¡Mis consejos te entran por un oído y te salen por el otro!” (Yo quedaba pensando por cuál de los dos se fugaban sus palabras).

Mamá, cuando reprochaba mi mal comportamiento, concluía con mirada sabia y sentenciosa: “Algún día entenderás.” Claro que entendí, pero reconozco que algunas veces demasiado tarde.

Ella jamás tuvo agenda, sin embargo siempre supo lo que tenía que hacer en cada día, semana y año. Su memoria siempre fue peligrosa, se acordaba de todo. Jamás olvidó
las fechas importantes, incluido mi cumpleaños.

Por todo ello y más, reconozco que mi mamá fue SUPER MAMÁ y está siempre viva y presente en mi recuerdo y gratitud.

Autor: Román Villeg