▶️Wladimir realiza un trabajo con gran estilo que le ha valido reconocimiento local. Asegura que también es poeta.

A mano alzada, con brocha y pintura, se le puede ver pintando letreros publicitarios y locales comerciales en Tomé. A sus 78 años, Wladimir de la Concha lleva más de 60 dedicado a la pintura. También se confiesa poeta, y asegura que su familia siempre tuvo dotes artísticos. Su amor por el arte le ha llevado a mantener viva la usanza de pintar a mano una multitud de infraestructuras.

“Esta pasión viene desde niño, porque mi padre dibujaba y mi madre también, además de cantar, porque tenía una muy bonita voz. Mi hermano salió cantante también. Yo nací pintor, no me fui por el lado del canto, sino por la pintura, por el dibujo y la poesía”, comenta.

“En la casa donde vivía había un jardín grande atrás, al pie del cerro frente a Fernando Saavedra, donde ahora hay una torre de alta tensión. Miraba a las aves en la mañana, me gustaba cómo volaban, cómo brillaban al sol, me fijaba en todas esas cosas. Después donde mi abuela en Frutillares, había una huerta grande, despertaba con eso y me gustaba, escribía sobre eso”, rememora. “De lleno a la pintura me dediqué cinco años antes del terremoto de 1960, por ahí por 1955”, añade.

Fue en la capital donde comenzó a pintar y donde vivió también el terremoto del ’60. “Estuve en Santiago un tiempo, allá fui a trabajar a los talleres de publicidad. Trabajé donde Julio Cerda y después donde un famoso pintor español que había ahí. No me gustó eso, así que me fui”, relata.

Como vivía con unos familiares y quería cooperar, salió a buscar trabajo. “Hasta cargué papas, porque tenía que ganarme la vida (…) Trabajé de lustrabotas, pero poco tiempo. Después me instalé con un quiosco de diarios y revistas. Por ahí empecé a dibujar, así que continué con ese tema, hice algunas cosas chicas”, cuenta.

“Pinté cartas también con dibujos atrás, con ilustraciones de cartas de amor que mandaba la gente en ese tiempo, las esquelas, que venían perfumadas, unas rosadas, celestes y verde claro”, indica.

Su más reciente trabajo lo está realizando en el sector de calle Sotomayor. “No está terminado ese todavía, porque se mezclaron un poco los tonos, tengo que ir a terminar una flor encima, para darle fondo a lo que tiene atrás”, explica el tomecino.

“Pinté unos cuadros, de los Tres Morros, Tres Pinos y una parte de detrás de Cocholgüe. Hice otro en el que sólo están los tres morros en un paisaje”, dice. “En Santiago pinté un retrato como de 5 metros más o menos de Pedro Alvárez, hace años, cuando estaba allá y me atreví a hacerlo”, recordó.

SU LADO POÉTICO

De su afición literaria, señala que “a los 4 años hice mi primera poesía, porque a esa edad aprendí a leer. Mi padre fue poeta, fue a la inauguración del primer congreso de poetas y canción popular en Santiago, en la Universidad de Chile. Mi padre se llamaba Juan, ganó unos premios en Concepción también, en una oportunidad ganó en payas políticas”, sostiene.

“Con el tiempo la gente se interesó por mis escritos, una persona se los llevó y no lo vi nunca más. Empecé a escribir sobre las aves, después me fui a escribir cosas misteriosas, del alma, enigmáticas. Después me fui al asunto social, tras ello me enamoré y no fui correspondido, así que ese dolor y angustia me hizo escribir del amor. Retomé después lo del ámbito social y ahora escribo una combinación de cada cosa. Trato de explicar a los demás, conceptos y cosas”.

“También escribí un relato del terremoto de Dichato, está en un libro de poesía que sacó la municipalidad hace algunos meses. Se llama ‘Poetas del siglo'”, añade. “Mi poesía tiene un sentido más humano, como espiritual, trato de aclarar conceptos de la existencia del ser humano y el porqué de la vida. Me gusta también la filosofía, ahora último estaba releyendo los Diálogos de Platón”, finaliza.

“Trabajé de lustrabotas Después me instalé con un quiosco de diarios y revistas. Por ahí empecé a dibujar”

(Fuente: Diario “La Estrella”)